martes, febrero 07, 2012

Wilde: highlights



 

 

Impresiones de Yanquilandia

La respuesta exacta que recibió la duquesa no es digna de ser copiada aquí, pues adoptó la forma deprimente de una información útil y precisa. [226]

El envío

El poeta más alegre, sin duda, no es aquel que siembra sobre los grandes caminos desolados de este mundo las vacuas semillas de la risa, sino el que hace su pena más musical, que es, en el arte, el significado de la alegría. [233]

En nuestro movimiento estético, la completa subordinación de todo motivo simplemente emocional e intelectual al principio de la ejecución es el signo más seguro de nuestra fuerza. [238]

Pero no basta con que una obra se adapte a las exigencias estéticas de su tiempo. Es preciso también que nos produzca un placer duradero, que lleve la huella de una personalidad evidente. Todas las obras producidas en este siglo deben estar basadas en los dos polos de la personalidad y la perfección. [238]

…vive, podría decirse, en la perfección de la forma más que en lo patético del sentimiento. [239]

La invasión americana

…saber hablar con brillantez sobre cualquier tema, con tal de no entender ni una palabra de él. [250]

Hay que leer o no leer

3ª. Los libros que no hay que leer nunca, como […] todos los libros de argumentación y todos aquellos en que se intente probar algo. [288]

Un sabio chino

Un eminente teólogo de Oxford indicó en cierta ocasión que su única objeción al progreso moderno era que se progresaba hacía adelante y no hacía atrás. [294]

jueves, enero 26, 2012

Bloom: old-fashioned... very



I don’t want to take part in this madness in which sexual orientation, ethnic identity, skin pigmentation, gender, origin of one sort or another, is deemed to be the most crucial element in apprehending a poet or a playwright or a storywright or a novelist or even an essayist. I guess I’m very old-fashioned.



miércoles, diciembre 28, 2011

Porque te amo, has de permitir que te haga este regalo

Esta imagen dio pie -en buena medida, al menos- a la escritura de una de las novelas que más me han gustado: Farabeuf, de Salvador Elizondo.

Hasta donde sé, fue George Bataille quien la difundió en occidente al publicarla en Las Lágrimas de Eros. En todo caso, ayudó a su difusión al incluirla en su libro. Y, si estoy en lo correcto, fue ahí donde Elizondo la vio por primera ocasión; creo recordar que esto lo menciona en su Autobiografía Precoz.

La fotografía fue tomada a principios del siglo XX en China, representa el Suplicio de los cien cortes. Se supone que la persona (¿hombre, mujer?) que aparece en primer plano cometió un delito cuya pena era la muerte por decapitamiento o ahorcamiento, no recuerdo. La autoridad, al considerar inhumana dicha pena la cambió por el Suplicio.

Básicamente, éste consiste en realizar cien finas incisiones en diversas partes del cuerpo. Al completar la última, la persona sufre una sensación intensísima, similar a un gran orgasmo y muere. La disposición de los participantes en la imagen corresponde al hexagrama chino del número seis.

martes, noviembre 01, 2011

Ternura, osadía, amor y desprecio



Una de las fichas contenía un fragmento de frase atribuido a "Schumann, sobre el Scherzo n. 2 en si bemol menor, Op. 31 de Chopin". Decía: "…tan rebosante de ternura, osadía, amor y desprecio, que bien podría compararse, no sin propiedad, a un poema de Byron".


La visita al maestro
Philip Roth

domingo, octubre 30, 2011

Kid Koala - Basin Street Blues


Caray, cuantas veces puedo escuchar esta canción y ponerme de buen humor, cuantas ver el vídeo y volver a sonreír.

martes, octubre 11, 2011

"Mis mujeres"

*

Me impresiona mi espontánea y trabajada capacidad para transformar en resentimiento el inmerecido cariño que algunas mujeres valiosas me regalan.



*

Coincidencia graciosa entre ellas es su necesidad de elaborar la desazón que les provoco en sus blogs y redes sociales. Las hay elegantes que aluden con gracia y discreción, las hay vulgares que transcriben fragmentos de correspondencia.

*

Otra coincidencia (ésta más bien ridícula): su afición por buscarse. Gustan hurgar en las redes sociales de las otras los indicios de quién sabe qué que no son capaces de escuchar, ver o leer cuando están conmigo. 

*

sábado, septiembre 24, 2011

martes, agosto 16, 2011

Margo Glantz: domingo 27 de febrero | 15:20


Margo Glantz está sentada en la terraza del restaurante Entrevero, en el centro de Coyoacán. Se hace acompañar por un joven de alrededor de 20 años que, a saber por qué prejuicios, me da la impresión de ser su nieto.

Sé que vive en el centro de Coyoacán: he leído reportajes sobre su estudio y la manera en que escribe, también he pasado con prisa por tuits en los que se queja del mal trabajo del delegado, de lo sucio del barrio o de lo descuidadas que están las banquetas de la zona. Imagino, sin embargo, el lugar donde vive como una de esas casonas aristocráticas con tapias altas, amplios ventanales y largos árboles centenarios. Cuidadosamente rocambolesca. ¿Tendrá una biblioteca con libreros de madera del piso al techo y de pared a pared? Me da envidia.

Parece que ella y su acompañante comieron juntos y recién terminaron. En la mesa, frente a ella, hay una botella de cerveza Indio vacía y una copa para vino con restos de clericot; frente a él, lo que parecería ser un vaso de limonada vacío. No logro identificar qué comió: aunque aún hay platos en la mesa, apenas hay restos de alimentos. No han ordenado postre. Me llama la atención que el envase de cerveza frente a Glantz tenga la etiqueta descuidadamente rasgada. La imagino ansiosa desprendiéndola: protocolaria y meticulosa como lo es con todos los papelitos que puede rasgar y luego doblar o cortar para hacer numerosos pequeños bultos.

No conversan. Él luce aburrido: desesperado; ella entumida: taciturna: con sopor. Después de todo es el centro de Coyoacán en fin de semana. Uno caluroso.

Me pregunto por qué tengo la idea de que Glantz es frívola, me respondo que es porque la recuerdo más dando opiniones mundanas y criticonas (ya olvidé dónde) sobre zapatos de mujer o trajes sastre que sobre literatura o artes (luego pienso que la memoria me falla y confundo sus opiniones con el título de alguno de sus textos). También tiene que ver –creo- que me decepcionaron un par de libros suyos sobre los que tenía expectativas altas. Las Genealogías en especial. Entonces reparo en que me llama la atención la forma en que luce: el cabello teñido de una suerte de carmín intenso y firme, las manos y el pecho enjoyados, sus uñas pintadas de rojo, su manera de sentarse tan derecha. Diría que es una señora elegante.

¿Me cae bien Margo Glantz? ¿Me interesa su obra? Creo que me agrada como personaje, aunque ya no me interesa leerla.

viernes, julio 15, 2011

Idiomáticas dominicanas


Le mató el gallo en la funda

Cuando te chingas a alguien antes de que la otra persona pueda reaccionar, sin que se lo espere.



Extracto de malta con hemoglobina



Algo tiene “extracto de malta con hemoglobina” cuando es muy audaz.



miércoles, junio 15, 2011

Tesis, dedicatorias, justificaciones


Reflexiono sobre el tema, metodología, técnicas de análisis y fuentes de datos que podría utilizar en mi tesis. Caray, esta sería la tercera que escribo; cada vez menos profesionistas pueden preciarse de eso, ¿cierto? Con la adopción de nuevas modalidades de titulación de licenciatura que propician la “eficiencia terminal”, son más los “garbanzos de a libra” quienes obtienen el grado y más las personas brillantes que se excusan de demostrar frente a un tribunal su capacidad de pensar, escribir e investigar.

En una conversación con una querida ex compañera de trabajo, discutía sobre las características deseables de quien debería tomar un puesto en nuestra oficina. Sostuve con fingida firmeza que uno de los requisitos indispensables debería ser que hubiera escrito una tesis en cada uno de sus grados. Una persona que había logrado escribir una tesis –argüí- demostraba, en teoría, poseer cualidades deseables en términos de casi cualquier relación laboral y personal: compromiso y sacrificio, dedicación y capacidad de lograr objetivos de largo plazo, claridad para distinguir fines y los medios que conducen a éstos. Ni ella, ni las otras personas que nos escuchaban, estuvieron de acuerdo. Yo tampoco. Al menos hasta cierto punto. En buena medida, los principios que presenté eran más una forma de convencerme a mí mismo que las decisiones escolares y laborales que tomé en las últimas dos décadas –más o menos pertinentes, más o menos equivocadas- no fueron tan malas y tienen sentido en relación con ciertos principios valiosos.

El caso es que lo que me ocupa más en este proceso de reflexión no es la lectura de ensayos que tratan el tema que me interesa. Tampoco la escritura de las ocurrencias que surgen durante el escrutinio de estos textos ni identificar las preguntas de las encuestas que podrían contribuir a lograr mis objetivos de investigación. Lo que me distrae más es la dedicatoria. Escribir la de las dos primeras tesis fue sencillo. Había una mujer que amaba, admiraba y que me había ayudado de diferentes maneras a realizar las tesis. Dedicarle mi trabajo fue algo más que un acto de reconocimiento.

En la tesis de licenciatura le escribí esto:

A [ fulana ], quien estuvo presente amorosa e intelectualmente a lo largo del proceso de realización de la tesis. Pensó conmigo el diseño de la investigación, me acompañó durante la estancia de trabajo de campo, leyó el borrador completo e hizo valiosas sugerencias. Podría, sin dificultad, firmar como coautora varios de los capítulos que presento.

Por cosas que no vienen al caso precisar, no publiqué la dedicatoria de la segunda tesis. Aunque la nostalgia provoca que me den ganas de transcribir esa dedicatoria “ciega”, no lo haré.

Lo que sí escribiré, en cambio, es en lo que quiero concentrarme en este momento: algunas razones por las que pienso por qué podría ser importante este tema de tesis: Clase media en México, 1992-2012. Estructura de clase y movilidad social intergeneracional. 


El tema de la expansión de la clase media en México tuvo amplia difusión en los medios de comunicación durante el último par de años. Primero, Luis de la Calle y Luis Rubio (2010) publicaron un polémico libro en el que sostenían que nuestro país estaba conformado en 52 por ciento de personas pertenecientes a la clase media. Esta aseveración se refería a 2002 y 2008 y aludía a la estructura de consumo basada en el acceso a determinados bienes. La discusión sobre dicha aseveración alcanzó al presidente de la república de la administración 2006-2012, Felipe Calderón Hinojosa, quien en 2012 pronunció un discurso en el que sostuvo que –en efecto- México estaba convirtiéndose en un país de clase media. Para respaldar su afirmación, el presidente también resaltó el cambio en el patrón de consumo de los mexicanos que, aseveró, representaba una mejora en su calidad de vida. Después, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI, 2013) publicó un estudio en el que, con base en la Encuesta Nacional de Ingreso y Gasto de los Hogares (ENIGH) y el uso de técnicas estadísticas de análisis multivariado, construyó tres estratos económicos correspondientes a las clases baja, media y alta. De acuerdo con sus resultados, el 39 por ciento de los mexicanos (42 por ciento de los hogares) pertenecían a la clase media.

De manera paralela, en el ámbito “técnico” y académico, se publicaron estudios que también discutían el tamaño y la expansión de la clase media. Entre los más visibles (por la relación de los autores con instancias multilaterales internacionales), pueden mencionarse los de Cruces, López Calva y Battistón (2011) y Ferreria, Messina, Rigolini, López Calva, Lugo y Vakis (2013). En estos textos los autores analizaron datos de 1992 a 2006 y postularon tesis en el mismo sentido: con base en el punto de vista económico, utilizaron técnicas estadísticas para sostener que, de acuerdo con la estructura de gasto, la clase media creció en México (si bien, con diferencias en la magnitud).

Desde otro punto de vista, Escobar y Pedraza (2010) describieron características de la clase media en México en el contexto de una reflexión que incluía a otros países iberoamericanos (Franco, Hopenhayn y León, 2010); mientras que Banegas, Cortés, Vargas, Yaschine y Yocelevzki (2013) escribieron breves artículos críticos sobre el punto de vista de los economistas mencionados y el INEGI sobre la clase media en México.

Esto es, el tema de la existencia y ampliación de la clase media en México tiene una notoria visibilidad pública (un presidente de la república y un organismo autónomo especializado –el INEGI- se han manifestado al respecto) y una modesta, pero creciente, presencia en la discusión académica. La idea predominante en estos ámbitos es que la clase media aumentó en México.

Rasgos comunes en dichos análisis son los siguientes:

  1. El predominio del punto de vista económico: los análisis enfatizan la estructura de gasto los hogares e individuos.
  2. La ausencia de un enfoque analítico sólido: la falta de una perspectiva teórica se refleja en la falta de acuerdo en el contenido de qué es la clase media y –en consecuencia- en la forma de medirla, su tamaño y cambio en el tiempo.
  3. El abuso de los datos: se privilegia la construcción de clases estadísticas para la definición de clases sociales sin precisar conceptos ni la forma de hacer operativa su medición.


La ausencia de un punto de vista sociológico (énfasis en la posición ocupacional o la situación de mercado[1] para definir las clases sociales) es notoria.[2]

Discutir la tesis del crecimiento de la clase media y analizar el tema desde la sociología es relevante por varias razones. Desde el punto de vista del diseño de política pública, la importancia de asumir como cierta la tesis de que México pasó de ser un país de “clase baja” a uno de “clase media” radica en el énfasis que podría sustraerse a las políticas y programas sociales dirigidos a la superación de la pobreza y la disminución de la desigualdad social. La política social no necesariamente debe circunscribirse a estos últimos rubros, pero sí debería contener una suerte de “núcleo duro” dirigido a éstas en un país como el nuestro en el que 45.5 por ciento de la población se encuentra en situación de pobreza y 19.8 por ciento no es pobre ni vulnerable en 2012, de acuerdo con la medición oficial (CONEVAL, 2013). Por otra parte, uno de los corolarios que se desprenden de la tesis en cuestión es que los rendimientos del modelo de política económica vigente son favorables: si la clase media creció, esto podría deberse en buena medida a la creación de más empleos con mejores prestaciones y remuneraciones.

Es decir, discutir el tema del tamaño y rasgos de la clase media en México es de relevancia pública, pues de la conclusión a la que se llegue (ampliación o no) y del contenido que se le dé a ésta (énfasis circunscrito sólo a la estructura de gasto, por ejemplo) pueden desprenderse decisiones sobre el uso de recursos públicos y el diseño de intervenciones de política pública. Incluir el análisis de clases desde el enfoque y metodologías de la sociología enriquecería las conclusiones, pues podría precisarse el contenido del concepto de clase social al incluir elementos relevantes teóricamente y articulados analíticamente –tales como la posición ocupacional, la situación de mercado y el origen social. Esto posibilitaría disponer de un mejor sustento empírico que hiciera un uso más rico y riguroso de la información proveniente de diferentes fuentes de datos (ENIGH, Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo –ENOE-, o las encuestas de movilidad social, entre otras). Lo anterior ayudaría a tomar decisiones de política pública con base en elementos teóricos más amplios y sólidos en términos metodológicos.

Desde el punto de vista académico, el análisis de estratificación y movilidad social que se propone realizar, contribuye a llenar un notorio hueco en el análisis sociológico: el del examen empírico de clases sociales de la sociedad mexicana contemporánea, estructurado con base en las características de la clase media y formulado con base en criterios teóricos y metodológicos propios de la sociología. Por una parte, la tesis contribuiría a sistematizar la discusión existente sobre la noción de clase social desde el punto de vista de la sociología y de la economía, a fin de precisar el contenido del concepto. Esto permitiría, realizar una investigación empírica articulada teórica y metodológicamente, cuyos resultados puedan aportar claridad a la discusión mencionada al inicio de la sección, así como establecer un punto de referencia o “arranque” a la discusión sobre el tema en el país. Pero, por otro lado, también se aportarán elementos para la discusión entre disciplinas (economía y sociología) con referentes analíticos e hipótesis contrastantes entre sí.

En síntesis, la tesis que se propone realizar es relevante tanto en términos públicos como académicos porque, hoy en día, no se ha realizado un análisis comprehensivo de clases sociales para el México contemporáneo que sea riguroso teórica y metodológicamente. Por ello, es pertinente la elaboración de un esquema conceptual sociológico que posibilite llevar a cabo una investigación empírica, sustentado en conceptos relevantes tanto en términos teóricos como empíricos.



[1] La situación de clase  –de acuerdo con Weber- alude a estados específicos de provisión e bienes, condiciones de vida y satisfacción subjetiva por parte de individuos. La situación de mercado, por su parte, es un concepto que permite vincular a los individuos con las instituciones que regulan la estratificación social; elementos para definir la situación de mercado son el acceso a la propiedad, el tamaño de la empresa en la que se labora o el tipo de empleador (público o privado). Véase Solís, 2010 y Weber, 1994.

[2] Podría decirse que la excepción la constituye Solís (2010), pues en un texto no centrado en el análisis de la clase media discute un esquema de clases sociales con perspectiva sociológica a partir de la Encuesta de Movilidad Social (EMOVI) 2006 del Centro Espinosa Yglesias. No obstante, es preciso resaltar, el tratamiento del texto no está centrado en el tema de la clase media.

sábado, mayo 28, 2011

Mesita de noche: W. G. Sebald \ Los anillos de Saturno


Si Walser escribió elegantes fantasías poéticas y conocía a fondo el arte de desvanecerse, la literatura de W. G. Sebald remite a veces a una especie de poética de la extinción, de la consternación del escritor al ver que todo alrededor se deshumaniza o desaparece y que incluso la historia misma se desvanece.


Doctor Pasavento
Enrique Vila-Matas

miércoles, abril 27, 2011

Rasgos


  1. Vigor del gusto.
  2. Amplitud de cultura.
  3. Inteligencia.
  4. Don de estilo.

martes, marzo 29, 2011

Hit the road, Jack \ 1


Menudo 2013 el que está teniendo Jack. De un día para otro, dejó de vivir con la familia con la que pasó sus primeros cinco años de vida. Quién sabe si esto representó algo bueno para él. El relato de Lulú, quien fungió como enlace entre sus anteriores y nuevos dueños, enfatizaba que desde hace tiempo estaba descuidado: encerrado en una zotehuela, paseaba poco y no lo cepillaban con frecuencia. Aquí, ahora, sale a pasear dos veces al día durante al menos 30 minutos (y en este paseo tiene oportunidad de olisquearse con otros perros, orinar incontables veces y cagar hasta tres ocasiones en un mismo recorrido, corretear ardillas y gatos, intentar comer restos de basura o alimento que deja aquí y allá lo loca de los gatos, andar sobre cemento, loseta, empedrado, tierra y pasto, así como ensuciarse entre ramas, lodo, agua y tierra a placer), se apropió del sillón más cómodo (o algo) de la sala, duerme (de forma placida, digo yo) patas arriba al lado de la cama y tiene la deferencia permanente de personas que lo acariciamos, le hablamos y atendemos casi como si fuera un niño.

Tal vez mi asociación sea desproporcionada, pero la noción de cambiar de manera tajante de sábado a domingo todo el espacio socioafectivo que conoces y que representa la “normalidad” constituye un fuerte incentivo para la desestructuración de la personalidad. Miedo, inseguridad y desconfianza. Dormir plácidamente el sábado en el mismo lugar en el que lo has hecho “siempre”, luego de cenar a la misma hora lo mismo de siempre con las mismas personas, esperando de manera confiada hacer lo mismo el siguiente día de la misma manera y en el mismo orden, para –por el contrario- despertar en un espacio diferente, con personas distintas, con hábitos que pueden ser contrastantes, sin tener certeza de qué sucede; esto, para mí, implica poner en duda la continuidad de lo cotidiano: connota un esfuerzo psicológico para interactuar con desconocidos y enfrentarte de manera permanente a situaciones novedosas en las que no sabes cómo reaccionar ni qué esperar. Dolorosa ingeniería socioafectiva.

Por si esto no fuera suficiente, a los pocos meses del cambio de hogar, fue necesario hacerle una intervención que requirió de anestesia general. Como parte del descuido en el que estaba (más la inexperiencia de quien esto escribe), la higiene bucal de Jack era mala: sus dientes y colmillos estaban repletos de sarro. Esto le provocó una infección bucal y estomacal fuerte. Durante varios días estuvo decaído, salivando en exceso (primero de color muy transparente, después amarillento y finalmente de un verde viscoso mezclado con sangre), comiendo poco, excretando sin consistencia, con una cubierta pastosa y fétida. Para curarlo fue necesario anestesiarlo, realizarle una limpieza profunda, extraerle un diente podrido (afuera, medía un par de centímetros, ¡pero su raíz era de al menos cinco!) y, en el camino, encontrar que tenía una suerte de absceso en una glándula gustativa que también fue necesario extraer. Ahora, Jack es un carismático basset chimuelo.

Más aún: el 16 de septiembre alrededor de las ocho de la mañana fue atacado por un perro más grande, fuerte y violento: un puto golden retriever. Que lo sepan: la noción de razas nobles o agresivas es una construcción social. El muyhijodelagranputahocicoconstipado del sedoso y lindo golden le atestó dos fuertes mordidas en el cuello: una por arriba (en el primer ataque) y otra por la parte de abajo (cuando Jack reaccionó girando el cuello).

Para mí, la curación de sus heridas fue casi tan dolorosa como el ataque: durante unos diez días fue necesario abrir cada una de ellas para impedir su cicatrización de “arriba para abajo” y, una vez abiertas, inyectar un astringente líquido con el que Jack emitía chillidos desconsoladores. La intención de este procedimiento fue, por una parte, matar las bacterias que pudieron injertar los colmillos del muyhijodelagranputahocicoconstipado golden, pero también impedir que se encapsulara líquido, por la supuración normal del tejido expuesto, forzando la cicatrización de “abajo para arriba”. Cada visita al veterinario implicó, además, la inyección de espeso antibiótico y potente analgésico. Quién sabe cómo habría sobrellevado mi ansiedad y aprehensión pueril sin el acompañamiento de M.

Uno de los efectos del analgésico en Jack fue tierno. Al salir de la veterinaria, Jack caminaba nervioso y veloz, ansioso; al tiempo, moderaba el paso y comenzaba a detenerse, a olisquear piso, plantas, postes, pies, basura, aire; volteaba a verme y olisqueaba más; luego, hacía pausas intermitentes, que diera un paso requería jalarlo con la correa, darle cariñosos empujoncitos en el torax, hablarle dulce; después, se detenía: se echaba a medio camino. En adelante, la única manera de moverlo era cargándolo. Hacerlo no fue fácil (pesa más de 25 kilos y estaba ansioso porque tenía que regresar pronto a la oficina), pero es la cosa más optimista, esperanzadora y amorosa que he hecho en muchos meses. Lo disfruto: las dificultades gozosas.

El ataque a Jack me dejó desconcertado: descolocado: enojado: frustrado: temeroso: con sensación de impotencia y confusión. Aunque él sigue paseando con el desparpajo de siempre, es a mí a quien ahora le da miedo encontrarnos con un perro más grande. Me siento como un maricón: si esto me sucede con un perro, cómo voy a reaccionar cuando ocurra algo “serio”, cuando a quien le suceda una desventura sea a una persona que quiero.

En fin. Menudo 2013 el que está teniendo Jack, pues. En unos meses cambió de hogar, tuvo una intervención que requirió anestesia general y fue atacado por un muyhijodelagranputahocicoconstipado golden… y apenas estamos en septiembre.

martes, febrero 01, 2011

Libros usados, libros de ocasión


Me gusta comprar libros usados. No sólo porque algunas ocasiones son más baratos que los nuevos, sino porque me ofrecen la posibilidad de agregarle un poquito más de personalidad, especificidad, distinción y densidad cultural a mi librero.

Prefiero comprar libros usados en tres situaciones. La primera es la más obvia: cuando la edición del libro que quiero está agotada y no tengo más remedio –si quiero leerlo- que adquirir una vieja versión, fuera de circulación.

La segunda situación es cuando sí tengo la oportunidad de comprar una edición nueva, pero la versión usada me parece más elegante: sea porque es una primera impresión o porque está hecha por una editorial que ya no existe (Novaro o Grolier), o porque la editorial cambió mucho (Plaza & Janes o Joaquín Mortiz) o porque quien ahora los edita me parece vulgar (Diana, Océano o Edhesa) y la editorial original es más sobria o con carácter (la vieja colección de Joaquín Mortiz de libros de autores mexicanos tamaño media carta que eran bicolores o la serie de lecturas mexicanas de la SEP) o porque es una vieja edición de otro país bien hecha y me resulta agradable (la colombiana Munchik o la argentina Losada).

La tercera situación es la más prosaica: cuando el libro es más barato. Es decir, la edición es comercial o vulgar o mal traducida o mal editada, pero el precio es menos de la mitad del de un ejemplar nuevo. Esto no sucede con frecuencia, pues muchos libreros cotizan sus ejemplares casi como recién salidos de la imprenta.

Algo que me gusta por sí mismo, es pasear entre los estantes. Me provoca cierto entusiasmo frívolo dar con ejemplares inesperados. Además, divagar en libreros en los que predominan textos menos vinculados con las modas de centro comercial y que contienen ejemplares del tipo de literatura que más me agrada, me invita a hacer asociaciones inesperadas: logra que recuerde menciones hechas por autores-lectores como Borges, Bloom o Vila-Matas, por ejemplo, que termino comprando sin haberlo planedo. 

También disfruto mucho los indicios de otros tiempos y las huellas dejadas por otros propietarios o, en algunos casos, lectores. Por ejemplo, para no hablar de separadores u otros papelitos olvidados, me gustan los que tienen esforzadas dedicatorias de sus autores dirigidas a quienes parecen ser sus amigos, pero que éstos, displicentes, prefieren vender al librero de usado. Un ejemplar en esta situación es Diatriba de la vida cotidiana y otras derrotas civiles (Cal y Arena, 2001) de Rafael Pérez Gay quien se lo dedicó a una pareja con estas palabras: “Para Anamari y Salvador, estas instrucciones preliminares para volar en pedazos a la vida cotidiana. Las acompaña el cariño y la amistad de Rafael Pérez Gay, febrero, 2002” y que ella consideró prescindible, por lo que mejor transó con un comerciante. Este ejemplar lo adquirí por ochenta pesos en el “Pasillo cultural La Bombilla” que solía instalarse en el parque con dicho nombre en la Delegación Álvaro Obregón. Otro libro así es La repugnante historia de Clotario Demonax (Tusquets, 2005) de Hugo Hiriart. En este caso, se lo dedicó a una mujer con estas palabras: “A Ana María con reverencia, agradecimiento y amistad que viene de muy lejos y cala muy hondo. Hugo Hiriart, 28 de agosto de 2006” y su típica arañita incluida. Por cincuenta pesos lo adquirí en el tianguis de libros ubicado a un costado del Palacio de Minería en el centro histórico de la ciudad de México. 

De la misma manera, atesoro con algún fetichismo ejemplares de textos valiosos que, de creer que la firma, nombre y fecha son verdaderos, pertenecieron a otros lectores que me caen bien. En esta situación tengo un ejemplar de Tres Tristes Tigres de Guillermo Cabrera Infante (Joaquín Mortiz, 1975) que perteneció a Ricardo Yañez. En él, el poeta jalisciense escribió su nombre y una fecha de 1976. Este libro lo compré por ciento cincuenta pesos en la librería La Torre de Lulio de la Condesa cuando aún estaba sobre la calle Nuevo León.

Hay varias librerías y tianguis de libros de usado que visito de tanto en tanto. En Coyoacán, por ejemplo, están tres que me quedan de paso casi todos los días y en las que he encontrado ejemplares que me resultan valiosos. En la Salvador Novo (Universidad, entre Miguel Ángel de Quevedo y Eje 10), compré, en visitas distintas, los tres tomos de las memorias de Elías Canetti editados por Muchnik. También están La Torre de Viejo y Ahuizotl -ambas sobre Quevedo, a un costado de la librería Octavio Paz del Fondo de Cultura Económica-, en las que adquirí a buen precio varios tomos de la Biblioteca Borges.

En el centro de Coyoacán están El Tomo Suelto –Quevedo casi en su cruce con Felipe Carrillo Puerto-, que es cara y con dependientes mal informados, pero con buena oferta. La Tres Cruces –en la calle con el mismo nombre-, que es enorme, pero que tiene los ejemplares menos interesantes, Malintzin (también sobre Quevedo, pero más hacia Cerro del Agua, en la que hay buenos libros fuera de circulación) y Antigua Librería (Centenario entre Viena y Berlín, cerca de Churubusco).

Una librería imprescindible y bien conocida es La Torre de Lulio (en la calle Ozuluama de la Condesa, donde compré el ejemplar de Tres Tristes Tigres que mencioné antes y en la que hace años uno podía encontrar a Juan Gelman fumando) y otra curiosa está en San Jacinto, en el “centro” de San Ángel (local pequeño en la calle Frontera, sin ningún letrero; ahí encontré primeras ediciones de libros de Salvador Elizondo y Jorge Ibargüengoitia a precios no prohibitivos).

En el centro de la ciudad están las muy populares de la calle Donceles (de las que Fernando Fernández escribió tres entradas sabrosísimas en su blog Siglo en la Brisa), la Librería Madero (que en 2012 se mudó de Donceles a un local cerca del Claustro de Sor Juana y del metro Isabel la Católica) y un par de pequeñas, pero muy bien surtidas en el paseo comercial ubicado entre Bolívar y Gante, casi frente al Salón Corona. No obstante, uno de mis lugares preferidos en el centro es el tianguis de libros que se instala a un costado del Palacio de Minería.

En fin, que si a uno le anda por leer algo sancionado por el tiempo o conseguir un libro ejemplar, debe saber que hay más opciones que esas librerías que se convirtieron en algo que quiere parecerse a un supermercado o a una tienda de ropa pretenciosa.  

lunes, enero 03, 2011

Cosas que me hacen moquear


El polvo.
Los fluidos vaginales.
La comida mal condimentada.


miércoles, diciembre 01, 2010

Un bistrot en Bucerías


Visité Bucerías –un pueblo de Bahía de Banderas en Nayarit, cercano a Puerto Vallarta- en enero de 2013. Una de las sorpresas que me llevé es que, contrario a mi prejuicio, una buena parte de los turistas y extranjeros que pasan varios meses ahí no son gringos (tampoco chavitos con vocación de fiesta como los de Puerto Vallarta o surfeadores como los de San Pancho o hippies como los de Sayulita: los más portan canas, tintes y arrugas).

Parece, además, que una proporción no menor de quienes eligen vacacionar en este pueblo son francoparlantes. En mis paseos fue más o menos común escuchar a personas hablando exaltada pero quedamente en francés, encontrar banderitas québécois en restaurantes, algunos negocios atendidos aparentemente por canadienses (Le Provence) y otros que ofrecen crepas y quiche “como en Francia” pero que son atendidos por mexicanos (Casa Triskel).

Entre los que visité, hay dos que me entusiasman. Uno de ellos es Le Bistrot, un restaurancito de comida francesa tradicional. El lugar está en la calle Galeana, a unos metros de su cruce con Lázaro Cárdenas –una de las vías paralelas al mar y que, más o menos, atraviesa de lado a lado Bucerías-, adelante de El Brujo –un popular restaurante de mariscos. En la entrada no hay un letrero vistoso que permita identificarlo rápidamente, lo más cercano es un pizarrón negro y grande en el que está escrito con tiza el menú del día.

Al entrar, uno se encuentra de frente con una barra para tres personas tras la cual está la pequeña cocina en la que, siempre circunspecto, el chef –quien también es uno de los dueños- prepara los alimentos. A la derecha, otra barra igual de pequeña en la que se sirve café y otras bebidas; a la izquierda, una terraza semicubierta con seis mesas de madera y sillas de bejuco en medio de las cuales hay un frondoso árbol. Esta parte es atendida por la sonriente anfitriona y también dueña. En las paredes hay cuadros alusivos a Francia y al café; una de ellas tiene un elegante pizarrón negro y vertical en el que día a día escriben el menú. Es decir, la decoración es más bien convencional, no obstante, conforme el espacio oscurece y es iluminado por pequeñas velas, logra transmitir una sensación de intimidad compartida.

En el par de visitas que hice, sin preguntar gran cosa, me enteré que los dueños son una pareja de franceses proveniente de un pueblo cercano a los Alpes, casi en el límite de la frontera con España. Llegaron a residir a Bucerías hace aproximadamente siete años, aunque a México lo conocían desde antes, pues el padre de ella solía vacacionar en Los Cabos, Baja California Sur desde hace décadas y en muchos de estos viajes se hacía acompañar de su familia. Por ello, la primera vez que ella visitó nuestro país fue cuando era niña, acompañando a su papá. Además, por esta misma razón, estuvo México en numerosas ocasiones y aprendió un "español ranchero" que ahora habla de forma clara, tierna y acentuada. Sólo en ocasiones se desliza algún énfasis de más o de menos que delata que esta no es su lengua materna.

Cuando los dueños del bistrot decidieron que querían salir de Francia se plantearon dos opciones: emigrar a un país de África o a México. Optaron por el segundo luego de visitar Puerto Vallarta en un viaje que originalmente estaba circunscrito a Los Cabos.

Esta es la segunda ocasión en que intentan establecer su negocio. Tienen dos años con Le Bistrot y, para mi gusto, parece un restaurante ya plenamente conformado, autentico y con personalidad propia: para empezar, es el único bistrot en el pueblo, al menos de acuerdo con lo que conozco Bucerías; aunque de manera acompasada, cambian el menú diariamente, lo que invita a encontrar una sorpresa gastronómica en cada visita; exhortan a los clientes a llevar su propio vino para descorcharlo ahí, lo que puede ser un albur porque uno no sabe si va apetecer un platillo que haga maridaje con un carmenere o con un sauvignon blanc; la atención no es la amabilidad indiferente de un negocio en el que se trabaja, sino la amabilidad sencilla y, a ratos, atareada pero entusiasta del negocio que se tiene y atiende por gusto.

Otro elemento pintoresco es que la dueña no habla muy bien inglés. Sufre cuando recibe comensales gringos que no saben español, pues no logra explicarles con claridad cuál es el nombre de los platillos y los ingredientes que contienen. En mi primera visita me tocó ver la desesperación de un norteamericano de unos setenta y cinco años de edad que no escuchaba muy bien y al que además irritaba el esfuerzo de la anfitriona por hacerse entender con mímica (eso sí, sin dejar de sonreír); también el alivio divertido de la anfitriona al darse cuenta que otros clientes, aunque provenientes de Estados Unidos, sí hablaban francés y no tendría que repetir las señas y gestos de la otra mesa.

Todo lo que comí me gustó. En mi primera visita pedí una sopa de cebolla gratinada que fue, tal vez, lo más sabroso que probé durante toda mi estancia en Bucerías. Cometí el error de pedirla de nuevo en la segunda ocasión: aunque más que decorosa, la calidad del pan y del gratinado no fueron tan buenos como la primera ocasión. Los platos fuertes que probé fueron un pescado con “aromates” (blanco, relleno de alcaparras, jitomate seco y no recuerdo qué más cositas), acompañado de ratatouille, ensalada verde y una copa de chardonnay; así como un coq au vin que, según me explicó la anfitriona, es una suerte de caldo de pollo preparado con vino tinto de burgundy, zanahoria, champiñones, pimienta y ajo que acompañé con un par de copas de beaujolais que adquirí en una tienda departamental. De postre, probé una legítima crème brûlée.

En cada visita gasté alrededor de cuatrocientos pesos por persona, lo que me parece un precio justo considerando lo inesperado del bistrot, la amabilidad del espacio, el entusiasmo en el trato, lo sabroso de los platillos y que, a fin de cuentas, estamos en una zona turística dirigida a extranjeros.

Así que, si alguno de mis hipotéticos cuatro lectores pasa con hambre por Bucerías en su camino a Puerto Vallarta, no dude en detenerse para cenar en este buen lugar.

lunes, noviembre 01, 2010

Sábado 10 de diciembre


Como un tasajo vaquero en la Bella Lula. Solo. Es el restaurante chic-popular de comida oaxaqueña que, en principio, identifico por ella. Es, también, el establecimiento en Coyoacán al que venimos una tarde de fin de semana durante esa desagradable fase final de "estira-aprieta". Encuentro morbosamente placentero estar de esta manera aquí.

Como solo en un restaurante al que, sin embargo, siento que debería venir acompañado. Un negocio diseñado para ser visitado en compañía: no cualquier compañía: la del otro que puede ser el o la compañera sexual… aunque sea sólo en fantasía, en anhelo o en provocación. Un lugar para comer, compartir el trago, beber mezcal y “aflojar”.

Como un tasajo vaquero en la Bella Lula, decía. En los audífonos escucho la repetición sabatina de La Chora Interminable por Radio UNAM. El humor de Jis y Trino, pienso, es una de las constantes de “gusto” que me acompañan desde hace mucho tiempo; diecisiete años o más, tal vez. Me gusta que así sea. Mi favorito es Jis: disfruto más su trazo, su humor más elaborado y su pronunciada preferencia por lo erótico y sexual en combinación con elementos “místicos”. Que arrepentido estoy de haberme deshecho de mi ejemplar de Los Manuscritos del Fongus, uno de sus primeros libros; ahora lo atesoraría con orgullo y lo mostraría con entusiasmo a quien se dejara.

Ojeo, también, “la última entrevista” de Tomás Segovia –a Cristopher Domínguez Michel. Rápido identifico dos cosas que me agradan: su ensalzamiento de los cuadernos de notas como literatura, su relación intelectual subordinada con Octavio Paz y el humor con el que crítica ciertos nacionalismos (“...los que son españoles de manera tartamuda: España, España, España”).

Afuera, un marimbero toca La Llorona con destreza. Se me ocurre que tal vez me gustaría escuchar en vivo a Lila Downs. No es una cantante que me llame la atención por sí misma: su voz es linda pero no me invita a detenerme para apreciarla como la de –digamos- Lhasa o Ed Droste (el vocalista de Grizzly Bear), tampoco las canciones que interpreta son las que más me gustan. Me llama la atención, creo, por la imposibilidad de escucharla acompañado de ella, a quien sí le resultaba agradable. Quiero escuchar a Lila Downs en vivo por la nostalgia de (no) estar con alguien más. Pensar esto me provoca una sensación difusa que, pienso, podría describirla como de melancolía alegre. Me gusta.

En la televisión “el derby”: Barcelona contra Real Madrid. Mientras escribo esto, los catalanes anotan y empatan a un tanto a los madrileños. Debería darme gusto, pero me resulta más bien indiferente. Cuando era niño, visitaba a mi padre el fin de semana. Pasaba la noche en el sillón de lo que era una suerte de cuarto de televisión, frente a una sobria mesa de centro de cristal tras la cual había una de esas televisiones a las que había que mover la antena para sintonizar más o menos bien la señal y que –además- requerían girar una esforzada y sonora perilla para cambiar de canal. Aunque creo que no dormía en él, recuerdo estar recostado muy cómodo en un sillón de tela verde y rugosa que era surcado por tríos de rayas verdes y rojas; me gustaba. En mi recuerdo es de mañana. Tan temprano como para ser el único despierto. En la televisión veo un partido de fútbol: Real Madrid contra Logroñes. Hugo Sánchez mete un gol que exalta mi entusiasmo, pero estoy solo. Entonces, mi entusiasmo es sólo social y alrededor hay silencio: no sé qué hacer con mi euforia. El sol entra agradablemente por la puerta-ventana lateral.

Como tasajo vaquero en La Bella Lula, decía, mientras pienso que sí, sí disfrutaría estar con ella aquí. Se me ocurre que podríamos compartir con gusto –al centro- un plato de gucamole picoso mezclado con un poco chicharrón, chapulines tostados y sazonados con chile seco molido, una tlayuda con asiento que tenga frijoles güeros bien refritos y mucho queso, plátano macho con frijoles y unas papitas cambray con un aceite rojizo (tal como las que comen el papá e hijo sentados en la mesa de al lado) y un mezcal acompañado de una Corona oscura helada mientras conversamos distraída y acompasadamente. El mezcal, considero, podría ser destilado en olla de barro, tal como el que bebí hace poco en Bósforo. 

Termino mi tasajo vaquero en La Bella Lula. Pido la cuenta. Camino.

lunes, octubre 11, 2010

Tres años y contando.

domingo, septiembre 05, 2010

Escenas triviales que me conmueven: Jack Bauer



Cuando Bauer asesina a la mujer que, a su vez, fue culpable de la muerte de la que él amaba. No todas las ocasiones en que esto sucede, que son numerosas a lo largo de la serie, sino sólo la de la última temporada.
El momento que me conmueve inicia cuando Bauer, después de varias persecuciones, alcanza a la villana y la domina físicamente. La caza, por decirlo de alguna manera. Está –por fin- a punto de asesinarla. Ella intenta negociar, le ofrece cosas que él, incólume, rechaza. Al final, ella pregunta, palabras más palabras menos, “entonces qué quieres, qué puedo darte”, Bauer –desolado, serio, agobiado, seco- responde: “nothing, nothing”. La asesina.
Es una escena muy convencional, más o menos repetitiva a lo largo de las temporadas, no particularmente bien actuada y narrada de manera estándar… pero me impresiona. La recuerdo con sorpresa. No, es más bien estupefacción. Asombro.
Creo que lo que provoca mi impresión es la identificación en Bauer de cierta mezcla de “amor” fuerte con una pareja a la que perdió irremediablemente, más una frustración inmanejable.

sábado, agosto 07, 2010

Guadalupe Nettel: El cuerpo en que nací


No recuerdo bien cómo supe por primera vez de Guadalupe Nettel. Supongo que fue a través de los comentarios escritos por David Miklos en su blog o por la crítica sobre alguno de los libros de Antonio Ortuño en las que también la mencionaban como una de las autoras mexicanas jóvenes notables.

En todo caso, estoy seguro que la ocasión en que ganó mi atención como personaje fue en la presentación de Dietario Voluble de Enrique Vila-Matas, realizada por ahí de 2008 en la librería Rosario Castellanos del FCE y en la que ella fue comentarista. Nettel me llamó la atención al punto que, en vez de acercarme al autor que motivaba la presentación para que me dedicara su libro, preferí comprar el de ella –Pétalos- y pedirle que me lo dedicara. Entonces estaba cariñosamente enamorado de una persona con quien habría querido estar mucho más tiempo, así que le solicité que escribiera algo para ambos. Así lo hizo. Un poco incómoda según recuerdo, un tanto sorprendida por la atención sobre ella y no sobre Vila-Matas (miento, no compré Pétalos en ese momento: lo llevaba desde casa con la intención expresa de que me lo dedicara; el libro que adquirí entonces fue el de Vila-Matas y, esto es cierto, contrario a lo planeado, no solicité que me dibujara en él uno de sus garabatos).    

El cuerpo en que nací es la tercera obra de Nettel que leo. Es uno de los tipos de libros que más disfruto: los autobiográficos. Está escrito de una manera que parece que la autora narra realmente su historia personal. Es decir, no transmite la impresión de ser una falsa autobiografía, ni la biografía novelada de un personaje creado ex profeso, pero con rasgos específicos que corresponden a la vida de quien escribe. La manera que la Nettel presenta su historia es a través del relato “filogenético” dirigido a su psicoanalista. De esta manera, cuenta una parte de su infancia y adolescencia bajo la forma de una reconstrucción terapéutica. El eje del relato es el conjunto de contratiempos que vivió en torno a un defecto de nacimiento en uno de sus ojos. La historia inicia con las dificultades, disgustos y desfiguros alrededor de la cercanía-distancia afectiva, social y física que le provoca su deformidad, así como los intentos de sus padres para rehabilitarla; concluye con un evento de aceptación y “normalización” de la deformidad. Un final feliz. Entretanto, Nettel refiere el despertar de su sexualidad; las ideas, prejuicios y taras afectivas del grupo de “adultos contemporáneos” que vivían al sur de la ciudad de México en las décadas de los setenta y ochenta en un ambiente de convivencia de personas provenientes de diferentes países, pero con el común denominador de aproximarse a la vida de manera más o menos abierta y desde una postura “progresista”, de “izquierda”; el proceso de separación de sus padres; el encarcelamiento de él y el viaje a Francia de su madre para realizar estudios de doctorado, así como su posterior reunión con ella; la relación con su abuela materna mientras sus padres están ausentes; sus primeras amistades y exploraciones afectivo-sexuales; así como el consumo de drogas, entre otras situaciones que conforman el repertorio completo de eventos que se espera viva una niña del contexto clasemediero de Nettel.

El relato es, sobre todo, la narración enfáticamente subjetiva de la vivencia de ser una niña y joven distinta a la mayoría de las que residen en los lugares donde está la autora y que, además, no cumple con las expectativas de sus familiares.

Disfruté la lectura por el género del libro y la manera en que Nettel presenta la narración, pero también por su elegancia y sobriedad estilística, así como por la mirada de entomóloga con la que la autora describe su infancia y adolescencia.  Sin embargo, sale debiendo si lo comparo con otros libros similares que he leído. Le faltan, por ejemplo, ese tipo de imágenes poderosas que transmiten sensaciones vivas que presentan Juan José Arreola en Memoria y olvido (el borrego negro que se le acerca cuando aún no aprende a caminar, mientras su madre lo deja sentado en el piso de tierra, provocándole un terror que perdura siete décadas después; o bien, la sensación oceánica de movimiento y pequeñez que causa en él la respiración de su madre mientras están acostados juntos, cuando él tiene apenas un par de años de vida) o Elías Canetti en La lengua absuelta (la aprensión de que el amante de su nana le corte la lengua si menciona que estos se ven a escondidas). También carece de la fuerza expresiva de las autobiografías precoces de Salvador Elizondo y Juan García Ponce; no se diga –a pesar de la deformidad que padece de nacimiento- de la narración sabrosa de eventos trágicos y a veces rocambolescos que vive sobre todo el primero. Además, terminé El cuerpo en que nací sin subrayar nada ni tomar apuntes. Me llama la atención que –a pesar de resultarme disfrutable- su estilo es lejano al de la artesana de frases que construye una por una de sentencias memorables sus relatos; en este sentido, Nettel es una escritora ubicada en las antípodas de la aforista.

El cuerpo en que nací es un libro que compré con muchas expectativas y que disfruté mientras leía, pero creo que no voy a releerlo pronto ni sería el primero que recomendaría a una persona que me pidiera que le sugiriera una obra de ficción autobiográfica.