domingo, octubre 30, 2011
Kid Koala - Basin Street Blues
domingo, septiembre 05, 2010
Escenas triviales que me conmueven: Jack Bauer
sábado, agosto 07, 2010
Guadalupe Nettel: El cuerpo en que nací
viernes, junio 11, 2010
¿Entrada al desconcierto?
lunes, junio 07, 2010
Distorsiones Gulliverianas
viernes, mayo 28, 2010
sábado, abril 03, 2010
14
Más o menos desde marzo de 2009, todas las noches sueño lo mismo. Cuando digo lo mismo, no exagero ni hago reducciones: las escenas son exactas en su secuencia, duración y colorido.
A mí, que estoy más cerca de la narcolepsia que del insomnio, cientos de noches de soñar lo mismo provocaron que pierda el gusto por dormir: se necesita un mínimo de novedad hasta para entregarse al descanso, y es que el problema no es que me agobie un mal sueño, una pesadilla angustiosa de la que despierte con los ojos desorbitados y el corazón a punta de salírseme; no. Es más bien un sueño insulso con una anécdota muy simple: en cuanto caigo dormido me veo ante el espejo del botiquín, saco la lengua, me lavo los dientes, me ducho, me visto, desayuno, voy a la oficina, regreso a mi casa, ceno, me siento a leer, luego escribo, me acuesto y en ese instante despierto a este mundo con una espantosa sensación de fastidio que me dura todo el puto día.
Expuse mi problema a especialistas. Quiero decir que he gastado en inútiles consejos una buena suma, pero mi problema sigue igual. Creo que tendré que encariñarme con mi sueño, tal y como lo he hecho con mi vida.
domingo, marzo 21, 2010
Para los que llegan a las fiestas...
Para los que llegan a las fiestas
ávidos de tiernas compañías,
y encuentran parejas impenetrables
y hermosas muchachas solas que dan miedo
—pues no uno sabe bailar, y es triste—;
los que se arrinconan con un vaso
de aguardiente oscuro y melancólico,
y odian hasta el fondo su miseria,
la envidia que sienten, los deseos;
para los que saben con amargura
que de la mujer que quieren les queda
nada más que un clavo fijo en la espalda
y algo tenue y acre, como el aroma
que guarda el revés de un guante olvidado;
para los que fueron invitados
una vez; aquellos que se pusieron
el menos gastado de sus dos trajes
y fueron puntuales; y en una puerta,
ya mucho después de entrados todos,
supieron que no se cumpliría
la cita y volvieron despreciándose;
para los que miran desde afuera,
de noche, las casas iluminadas,
y a veces quisieran estar adentro:
compartir con alguien mesa y cobijas
o vivir con hijos dichosos;
y luego comprenden que es necesario
hacer otras cosas, y que vale
mucho más sufrir que ser vencido;
para los que quieren mover el mundo
con su corazón solitario,
los que por las calles se fatigan
caminando, claros de pensamientos;
para los que pisan sus fracasos y siguen;
para los que sufren a conciencia,
porque no serán consolados,
los que no tendrán, los que pueden escucharme;
para los que están armados, escribo.
miércoles, febrero 03, 2010
miércoles, enero 20, 2010
Twit
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Ser arrogante y mamón no es cosa fácil. Si no saben hacerlo, mejor sean "buena onda y así"
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sábado, diciembre 19, 2009
Charles Gayle Trio

Fui al concierto de Gayle casi por accidente. Me enteré que tocaría en la ciudad de una de las formas más gratuitas y azarosas posibles: una persona conocida y apreciada, pero que no es capaz ni le interesa distinguir entre el “bebop” y el “dixieland”, me reenvió una invitación que recibió a través de Facebook. En ella me decía algo así como que creía que ese era el tipo de música que me interesaba, pero que no estaba muy segura, que ahí viera. Así de feo me enteré.
Una de las cosas que me desagradan de mi vida cotidiana en el Distrito Federal es este carácter azaroso de los eventos a los que asisto. Después de más de tres años viviendo aquí, aún no soy capaz de encontrar el medio de comunicación clave que me permita identificar ágilmente –entre los eventos y productos culturales que me interesan- quién, cuándo y dónde se presenta. Tampoco he encontrado dónde leer reseñas y crónicas bien escritas de los conciertos, películas o exposiciones que visito o a los que no puedo ir; un didáctico comentario crítico que me ayude a apreciar mejor lo que vi y a ubicarlo en un contexto estético específico.
El concierto del “Charles Gayle Trio” fue en el Teatro de la Ciudad y formó parte del ciclo de conciertos llamados “Festival de México” que se celebran en la capital del país entre el 11 y el 28 de marzo. El trío interpreta piezas de “free jazz” y está compuesto por un saxofonista (que también toca el piano), un bajista y una baterista.
Lo que Gayle tocó me gustó. Mucho. Es el tipo de música con la que “espontáneamente” me siento cómodo. También es el tipo de “concierto en vivo” que más disfruto (por alguna razón –tal vez de orden psicológico antes que estético- no encuentro del todo placentero asistir, por ejemplo, a conciertos de grupos de rock, a pesar de que sean bandas que aprecie).
La interpretación de Gayle fue ágil y compleja, estridente y seductora. Sentí como un instante la hora que transcurrió entre que comenzó a tocar y la pausa que hizo para saludar e informar que el concierto duraría sólo un poco más. Él, tocando el saxofón y el piano, y el contrabajista fueron impecables. El baterista no me gustó tanto, desde el principio me dio la impresión de que le costaba trabajo integrarse con su compañeros y seguir su ritmo (en algún momento me pareció que, incluso, carecía de condición física adecuada para tocar su instrumento con suficiencia; como sea, me entusiasmó el par de ocasiones en que hizo “solos”). Algunos de los adjetivos con los que describiría lo que escuché son delirante, perturbador, frenético, inquietante e hipnótico. Me pareció que el prerrequisito necesario para apreciar adecuadamente a Gayle es un "estado de ánimo" de “apertura” en el que se está dispuesto a enfrentar algo complejo que requiere un escucha activo.
Lo primero con lo que, más o menos espontáneamente, asocié la música de Gayle fue con la interpretación de Bill Pullman en “Lost Highway”. Después, haciendo un esfuerzo por vincular lo que oía con algo que hubiera escuchado antes, pensé en Ornette Coleman y en Wayne Shorter. Otros a quien Gayle me hizo recordar, con diferentes estridencias e instrumentos, fueron Stravinski, Revueltas y Sonic Youth. En quien no pensé estando en el teatro fue en John Coltrane, de quien al final, dijo, tocaría una pieza que más o menos recordaba ("Giant Steps", un "standard"); empero, y supongo que no podía ser de otra manera, lo que realmente interpretó fue otra cosa que, sí, aludía al original, pero que daba la impresión de ser una versión muy propia. Podría decirse que más bien fue una interpretación “sólo inspirada en” o muy “libre” de la pieza del canónico saxofonista norteamericano. El concierto terminó luego de un par de "encores" y duró alrededor de dos horas.
Gayle, en conclusión, me emocionó y sorprendió agradablemente. Para empezar, por su vigor y semblante: no me dio la impresión de ser un tipo que ronda los setenta años de edad. También por el desenfado honesto y seguro con que caminó por el escenario cargando su saxofón al hombro y por la candidez con la que habló –por ejemplo- tanto de la Ciudad de México como de las pocas piezas que sabía interpretar su trío. Pero sobre todo, porque su música transmite una vigorosidad que revitaliza la salud auditiva del escucha y deja tan buen "sabor de boca" que provoca empatía en, supongo, casi cualquier persona dispuesta a recrearse en algo más que una cumbia facilona o en el ritmo de una salsa “pegajosa”.
jueves, noviembre 12, 2009
El juego del "Chorro, Morro, Pico, Tayo, Qué Dirás Que Es"

¿Conocéis el juego del "Chorro, Morro, Pico, Tayo, Qué Dirás Que Es?"
Pues consiste en esto: De diez, ocho o seis muchachos se forman dos bandos físicamente equilibrados, que serán los que se enfrenten. Otro muchacho cualquiera, apacible y de buen aspecto, hará de Madre. La Madre, siempre persuasiva, sencilla, se sentará en el primer peldaño de una escalera o en algún muro de poca altura, con las piernas entreabiertas. Los dos bandos echan a suertes y el triunfador se apresta a la lucha. Uno de los sometidos, con las ancas erguidas, apoyará su cabeza en el regazo de la Madre; el siguiente colocará la suya entre las piernas del primero; el tercero entre las del segundo y el cuarto entre las del tercero. De pronto, uno de los del bando contrario, tomando empuje y alientos como el percherón frente a la yegua, saltará sobre sus enemigos para treparse en las costillas del que se ayuda en la Madre. Y así sucesivamente los demás. Naturalmente, el éxito de estas maniobras consiste en caer tan pesadamente sobre los supuestos asnos como sea posible; con la misma brutal alegría y el mismo ardor de quien pretende hacer valer un grave privilegio. Ya todos a cuestas, el primero dice:
—¿Chorro, Morro, Pico, Tayo, Qué Dirás Que Es?
Y muestra uno de los cinco dedos de la mano.
La Madre, árbitro infalible, de infalibilidad taciturna, observa. De abajo, aventuran:
—¡Morro!
Y era Pico, puesto que se trataba del dedo medio.
A continuación la historia se repite hasta que los asnos acierten. Así siempre.
Este juego se practica en los colegios, durante las horas de asueto, y provoca en el ánimo un excepcional entusiasmo.
La Puerta en el Muro,
Francisco Tario
sábado, octubre 31, 2009
Inglourious basterds

“Inglourious basterds” me gustó, aunque no tanto como “Pulp Fiction” o “Reservoir Dogs”. Es un prolongado y contenido “in crescendo” con temática –digamos- histórica, durante el cual se construyen dos o tres personajes casi memorables, se narran con destreza un par de pequeñas historias que bien podrían presentarse autónomamente y se culmina con un breve, no muy vistoso desenlace.
La narración se ubica en Francia, durante la Segunda Guerra Mundial, y ofrece tres historias paralelas: la de Shoshana Dreyfus, una francesa judía, dueña de un cine, que vive en París bajo un nombre falso; la de los Bastardos, que son una guerrilla de judíos, principalmente norteamericanos, cuyo objetivo es matar nazis; y la del coronel de la S.S. Hans Landa, un elocuente y reflexivo detective apodado el “caza-judíos”. A primera vista, uno podría decir que las historias principales son las de los primeros; sin embargo, es claro que el personaje principal es el último y que es su historia la que enlaza a las otras, así como la que articula la película en su conjunto. Algunas de las conocidas marcas distintivas de las películas de Tarantino están presentes: tomas a pies de mujeres, diálogos ágiles y prolongados, así como referencias intertextuales. Me habría gustado escuchar un soundtrack que, como en otras de sus películas, me entusiasmara en el momento e invitará a hacerme de él lo antes posible.
Algo que aprecio en una película son las pequeñas vueltas de tuerca y en ésta hay al menos una: cuando Landa atrapó a los Bastardos, con tensión esperaba que, de alguna manera vistosa, lograran liberarse; o bien, que fueran brutalmente lacerados. Sin embargo, estos no escapan ni aquél los tortura, por el contrario, ¿quién iba a pensar que Landa capitularía por iniciativa propia, provocando un inesperado giro en la historia mundial, a cambio de una isla en Nantucket y un lugar de bronce en los libros de historia norteamericanos? Yo no.
Landa, por último, es un personaje gustosa, disfrutable y típicamente tarantinesco. Su minuciosa construcción a través de conversaciones y, casi, monólogos inicia desde la primera escena de la película. Sus parsimoniosas intervenciones en francés, alemán, inglés e italiano hacen valer el boleto. Al personaje de Eli Roth, el temido “Oso Judío”, se le dedica una construcción inicial detallada que provoca expectativa, pero después se le descuida y más bien abandona. Mi personaje favorito, no obstante, es Hugo Stiglitz, un expresivo militar alemán que, por su cuenta, se dedica a matar oficiales de la S.S, que es reclutado por los Bastardos y que difícilmente tiene un dialogo en toda la película; una pena que lo asesinen tan pronto, pero que gozosa secuencia en la que sucede.
domingo, septiembre 20, 2009
lunes, agosto 31, 2009
Paté de Fuá

Lo primero que me llamó la atención en el concierto de “Paté de Fuá” fue el público. Eufórico. Entregado aún antes de que sonará el primer acorde. ¿Inmerecido? Sí, sin duda.
También me provocaron curiosidad las expresiones de gozo dirigidas a los músicos, “¡Venga Lurie!”, y a la banda, “¡Venga Paté!”; ambas repetidas ad nauseaum con creativas variaciones.



