
“Inglourious basterds” me gustó, aunque no tanto como “Pulp Fiction” o “Reservoir Dogs”. Es un prolongado y contenido “in crescendo” con temática –digamos- histórica, durante el cual se construyen dos o tres personajes casi memorables, se narran con destreza un par de pequeñas historias que bien podrían presentarse autónomamente y se culmina con un breve, no muy vistoso desenlace.
La narración se ubica en Francia, durante la Segunda Guerra Mundial, y ofrece tres historias paralelas: la de Shoshana Dreyfus, una francesa judía, dueña de un cine, que vive en París bajo un nombre falso; la de los Bastardos, que son una guerrilla de judíos, principalmente norteamericanos, cuyo objetivo es matar nazis; y la del coronel de la S.S. Hans Landa, un elocuente y reflexivo detective apodado el “caza-judíos”. A primera vista, uno podría decir que las historias principales son las de los primeros; sin embargo, es claro que el personaje principal es el último y que es su historia la que enlaza a las otras, así como la que articula la película en su conjunto. Algunas de las conocidas marcas distintivas de las películas de Tarantino están presentes: tomas a pies de mujeres, diálogos ágiles y prolongados, así como referencias intertextuales. Me habría gustado escuchar un soundtrack que, como en otras de sus películas, me entusiasmara en el momento e invitará a hacerme de él lo antes posible.
Algo que aprecio en una película son las pequeñas vueltas de tuerca y en ésta hay al menos una: cuando Landa atrapó a los Bastardos, con tensión esperaba que, de alguna manera vistosa, lograran liberarse; o bien, que fueran brutalmente lacerados. Sin embargo, estos no escapan ni aquél los tortura, por el contrario, ¿quién iba a pensar que Landa capitularía por iniciativa propia, provocando un inesperado giro en la historia mundial, a cambio de una isla en Nantucket y un lugar de bronce en los libros de historia norteamericanos? Yo no.
Landa, por último, es un personaje gustosa, disfrutable y típicamente tarantinesco. Su minuciosa construcción a través de conversaciones y, casi, monólogos inicia desde la primera escena de la película. Sus parsimoniosas intervenciones en francés, alemán, inglés e italiano hacen valer el boleto. Al personaje de Eli Roth, el temido “Oso Judío”, se le dedica una construcción inicial detallada que provoca expectativa, pero después se le descuida y más bien abandona. Mi personaje favorito, no obstante, es Hugo Stiglitz, un expresivo militar alemán que, por su cuenta, se dedica a matar oficiales de la S.S, que es reclutado por los Bastardos y que difícilmente tiene un dialogo en toda la película; una pena que lo asesinen tan pronto, pero que gozosa secuencia en la que sucede.


